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argentina buenos aires argentina, eternautas,
turismo buenos aires |
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Buenos Aires al Sur |
30/06/1999 |
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Tema
Libre
Buenos
Aires
al
Sur
Una
visita
en
combi
lleva
a un
grupo
de
porteños
por
los
barrios
de
Monserrat,
San
Telmo,
Barracas
y La
Boca.
Además
de
conocer
los
orígenes
de
la
ciudad,
en
el
circuito
se
respiran
historia
y
arrabal |

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Se
despliega
el
mapa
y la
expedición
arranca.
Tanguerías,
cafetines
y un
viejo
adoquinado
entre
fachadas
de
principios
de
siglo
dan
la
bienvenida
a un
grupo
de
viajeros
urbanos
listo
para
recorrer
cuatro
siglos
de
historia
por
el
sur
de
la
ciudad:
los
barrios
de
Monserrat,
San
Telmo,
Barracas
y La
Boca.
La
presencia
de
la
cultura
popular
es
la
indiscutible
protagonista
de
un
paseo
que,
además,
reúne
conventillos,
fábricas
abandonadas,
el
ferrocarril
y el
puerto,
en
una
atmósfera
donde
definitivamente
se
respira
tango
y
arrabal.
Y si
bien
el
itinerario
comprende
una
zona
vinculada
con
los
sectores
sociales
de
menores
recursos,
se
cuenta
la
historia
de
origen,
que
tuvo
en
sus
calles
a
los
habitantes
más
poderosos
hasta
que
abandonaron
el
lugar,
huyendo
de
la
fiebre
amarilla,
a
fines
del
siglo
pasado.
El
recorrido
organizado
por
Eternautas,
viajes
históricos
está
coordinado
por
historiadores
egresados
de
la
UBA.
El
viaje
en
combi
tendrá
como
punto
de
partida
la
plaza
San
Martín,
con
breve
introducción
en
las
puertas
del
barrio
Monserrat,
justamente
en
la
Plaza
de
Mayo,
donde
Buenos
Aires
se
divide
al
Norte
y al
Sur.
La
iglesia
de
San
Ignacio
de
Loyola
y el
convento
de
Santo
Domingo
sirven
de
trampolín
para
sumergir
a
los
exploradores
ciudadanos
en
los
vericuetos
de
la
historia
colonial
y de
sus
primeros
sectores
populares,
una
mezcla
de
pequeños
artesanos,
obreros
portuarios,
pescadores
y
esclavos
negros.
"Los
esclavos
representaban
entonces
el
30
por
ciento
de
la
población,
por
eso
es
curiosa
su
desaparición
posterior
entre
los
porteños",
apunta
Ricardo
Watson,
coordinador
de
la
salida.
Sus
residencias
se
caracterizaban
por
las
pequeñas
dimensiones,
y La
Mínima,
una
vivienda
al
380
del
pasaje
San
Lorenzo,
todavía
se
mantiene
como
último
testimonio
de
aquellas
estrechas
medidas.
La
primera
parada
es
en
la
plaza
Dorrego,
en
el
corazón
de
San
Telmo,
espacio
público
que
sirvió
al
encuentro
social,
aunque
nunca
faltaron
los
desbordes
y
las
persecuciones
a
vagos
y
mal
entretenidos
.
Transcurría
el
siglo
XIX
y
las
calles
de
Buenos
Aires
ardían.
Pero
llegó
la
epidemia
amarilla
de
1871,
y
con
ella
el
éxodo
masivo
a la
zona
norte
de
aquellos
habitantes
que
tenían
recursos
suficientes
para
la
mudanza.
Es a
partir
de
entonces
que
el
Sur
adquiere
definitivamente
sus
rasgos
populares.
Las
viejas
casonas
de
familias
aristocráticas,
como
los
Ezeiza
-hoy
galería
comercial
Paseo
de
la
Defensa-
fueron
ocupadas
por
grupos
de
inmigrantes
que
originaron
los
tradicionales
conventillos,
nombre
derivado
de
las
diminutas
habitaciones
ocupadas
por
los
monjes
en
los
conventos.
Basta
decir
que
en
esa
vieja
casona
llegaron
a
convivir
hasta
32
familias
de
nacionalidades
y
lenguas
diferentes.
De
San
Telmo
a
Barracas,
el
escenario
comienza
a
virar
al
gris
cemento,
y
los
viejos
esqueletos
de
fábricas
abandonadas
inspiran
el
apodo
que
Watson
se
apresura
en
señalar.
"Entramos
en
Barracas
-dice-,
el
Jurassic
Park
de
la
industria
argentina."
Una
visión
melancólica
y
actual.
Sur,
paredón...
y
enseguida
Puente
Bosch;
una
vista
al
Riachuelo
y la
segunda
parada
en
estación
Irigoyen,
donde
las
vías
del
ferrocarril,
los
cafetines
como
La
Esquina
del
Polaco
y
los
faroles
del
Paseo
Agustín
Bardi
conforman
un
escenario
privilegiado
para
detener
la
marcha.
Y es
tiempo,
además,
de
penetrar
en
los
orígenes
del
tango,
allá
por
1870,
cuando
Buenos
Aires
resonaba
en
Europa
como
capital
del
pecado,
mezcla
de
fascinación
y
pavura
(ver
recuadro).
El
Museo
Histórico
Nacional
y el
parque
Lezama
despiden
a
Los
eternautas
de
Barracas
para
ingresar
en
La
Boca,
puerto
natural
de
Buenos
Aires
donde
los
genoveses
(xeneizes)
se
radicaron
como
comunidad
y
contribuyeron
a
edificar
su
típica
fisonomía.
La
Bombonera
-el
famoso
estadio
de
fútbol
del
barrio-
cubierta
al
tope
de
sus
boleterías
con
murales
de
Pérez
Celis
y
Rómulo
Macció,
se
convierte
en
paso
obligado
para
los
visitantes.
Es
cuando
Watson
cuenta
la
vieja
historia
de
los
colores
del
equipo:
"A
la
hora
de
definir
la
camiseta,
un
grupo
de
socios
se
acercó
al
puerto
a la
espera
del
primer
barco
en
aparecer,
cuyos
colores
serían
adoptados
por
el
club.
Llegó
una
embarcación
sueca,
y
los
tonos
de
su
bandera
fueron
desde
entonces
los
de
Boca
Juniors".
El
puerto,
los
astilleros
y
las
coloridas
chapas
acanaladas
hacen
ineludible
una
referencia
a
Quinquela
Martín,
que
además
de
su
labor
artística,
solía
esperar
la
llegada
de
los
barcos
para
iniciar
tratativas
con
la
tripulación.
"De
aquellas
tertulias,
muchas
veces
obtenía
de
regalo
latas
de
pintura
que,
luego,
Quinquela
distribuía
entre
los
vecinos.
Así
surgió
el
colorido
paisaje
de
La
Boca",
resume
el
guía.
El
circuito
concluye
en
Caminito,
tercera
y
última
estación,
con
una
recorrida
por
Vuelta
de
Rocha
entre
artesanías
y
espectáculos
a la
gorra,
para
emprender
el
regreso
por
Costanera
Sur.
Con
el
atardecer,
las
luces
de
Puerto
Madero
se
encargan
de
devolver
a
los
viajeros
a la
postrimería
del
siglo
XX.
Allí,
todos
se
despiden
para
perderse
por
las
calles
de
hoy.
Eternautas
viajes
históricos
.
Informes
e
inscripciones:
4781-8868.
Buenos
Aires
al
Sur,
tango
y
culturas
populares.
La
visita
guiada
en
combi
se
realiza
todos
los
sábados,
a
las
14.30,
y
diariamente,
en
horarios
por
convenir.
Duración:
tres
horas
y
media.
Participar
de
la
salida
cuesta
$
15.
Alejandro
Rapetti
| |
La
ciudad
y el
tango
Dos
amigos
inseparables
El
Sur
y el
tango, sin
duda,
están
estrechamente
vinculados.
La
historia
de
este
affaire
se
remonta
a la
llegada
masiva
de
inmigrantes
a
fines
del
siglo
pasado
-en
su
mayoría
varones
de
entre
15 y
35
años-
cuando
la
música
ciudadana
incorporó
dos
nuevos
instrumentos
que
le
imprimirían
su
estilo
único
e
inconfundible:
el
violín
y el
bandoneón.
Acunado
en
ferias
populares
y
burdeles,
el
tango
estuvo
asociado
desde
un
comienzo
a la
marginalidad
y a
los
sectores
pobres
de
la
ciudad.
Con
la
incorporación
de
sus
letras
a
principios
de
este
siglo,
sin
embargo,
lentamente
fue
aceptado,
incluso,
por
las
clases
más
aristocráticas
de
Buenos
Aires.
Pero
sólo
se
consolidó
como
género
a
partir
de
dos
revolucionarios
surgimientos,
el
de
la
radio
primero
y el
del
cine
después
(en
las
décadas
del
30 y
el
50).
Fue
entonces
cuando
logró
difusión
masiva
entre
los
habitantes
de
la
clase
media.
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